Me la quedé mirando como quien mira a un muerto que sabe que no está muerto.
Me la quedé mirando. A
secas. A pasadas por agua.
Me quedé escuchándola como si fuera la obra maestra incompleta
de aquel ilustre pianista.
Me quedé escuchándola como si fuera el llanto de un crío que te despierta a las tres de la madrugada, en
mitad de tu mejor sueño.
Me senté sabiendo que era yo quien tenía el arma.
Me senté sabiendo que era ella quien tenía el arma.
Su cara de no-he-roto-nunca-un-plato-o-corazón
con esa sonrisa chispeante.
Su cara de muñeca de
porcelana que se despierta en mitad de la noche para observarte fijamente y
atormentarte.
A veces, esquivaba mi mirada porque creía que si la miraba a
los ojos, podía ver su alma reflejada en ellos.
A veces, esquivaba su mirada para evitar sentir que me
estuviera desnudando el alma.
Quizá me perdonó la
vida a sabiendas.
Quizá morí sin
darme cuenta.
Supongo que es lo que pasa cuando conoces demasiado a quién te enfrentas.
Supongo que es lo que pasa cuando desconoces del todo a quién te enfrentas.
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